Leyenda urbana© Nacho Agulló. Todos los derechos reservados
La acción se sitúa en el norte de la costa este estadounidense, en una de las más antiguas universidades de este país. Allí asistiremos al desarrollo del argumento, que tiene su atractivo: trata sobre las leyendas urbanas. Estas historias que corren de boca en boca, descritas en la película como bastante populares en los Estados Unidos, versan siempre sobre una persona anónima que -actuando de forma ingenua y confiada- acaba convertida en víctima de algún morboso asesino. Un ejemplo: una canguro recibe con frecuencia llamadas amenazantes mientras trabaja en determinada casa. Una noche que ha acostado a los bebés y está en el salón esperando a que regresen los padres, recibe una de estas llamadas. Entonces descubre -se supone que gracias al aparato telefónico- que la llamada no procede del exterior, sino del teléfono que hay en el dormitorio donde ha acostado a los bebés. Pues eso es precisamente lo que sucede en la película: en el campus universitario se irán sucediendo los crímenes, cada uno de ellos escenificando una de estas leyendas urbanas. Ello da pie a la clásica disyuntiva entre los personajes, que se posicionarán como creyentes supersticiosos o escépticos racionales (disyuntiva tradicionalmente peligrosa para la salud). Entrando en el terror en sí, hay que decir que los crímenes están rodados con bastante mojigatería: que nadie espere ver casquería porque en cuanto a explicitud esta película no llega ni siquiera a los niveles de Viernes 13. Si acaso, merece la pena mencionar algunos de los crímenes, perpetrados -deliberadamente- con la involuntaria colaboración de la víctima o de un tercero que ignora la situación. Aparte de su falta de originalidad, el guión de Silvio Horta retrata convincentemente el ambiente universitario y mantiene una trama bien hilada. Destaca el prólogo, donde se juega de forma brillante con el espectador ofreciéndole una situación típica de terror para después sorprender con un giro inesperado en el que las zonas segura y peligrosa se intercambian de súbito. No obstante, tiene dos fallos importantes: el final, que no hay quien se lo trague, y el primer crimen, donde muestra de forma muy fugaz -pero suficiente para quien preste atención- el rostro de quien lo comete. La dirección de Blanks es muy sobria; justito el manejo de la cámara -alguna escena podía haberse aprovechado mejor-, pero buena en el ritmo de la película, donde se alternan altos y bajos sin llegar a cansar ni aburrir al espectador. Lo mejor, las escenas con muchos personajes, donde demuestra cierto talento como director. La interpretación nos reserva algunas sorpresas que no se contradicen en absoluto con el carácter industrial de la película: se ha hecho un buen casting y así, tenemos un puñado de actores jóvenes con talento. Excelentes los intérpretes del bromista Damon y del rector; muy bien Robert Englund en su papel de maduro profesor; bien la locutora de radio y su novio; pasables Natalie (la protagonista) y su amiga; flojo el aprendiz de periodista, que parece limitarse a exhibir su rostro de guaperas. En síntesis: una película de terror nada original, que podría haber pasado por entretenida si no fuera por su intragable final. Valoración:
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